miércoles, 17 de agosto, 2022 1:50 am

¿Falta ficción en la narrativa actual?

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Por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

Gracias a Cercas hemos sido conscientes de nuestro punto ciego en lo que a lo literario se refiere. Esto que ahora nos resulta tan claro llevaba tiempo rondándonos la cabeza, pero no podíamos ponerle nombre; nos referimos a la falta de fabulación o de ficción en la narrativa. La confluencia de varias casualidades nos ha llevado a esa conclusión.

Todo comenzó a tener sentido con la lectura de Centroeuropa de Vicente Luis Mora. Esta novela nos abrió los ojos igual que lo hizo su protagonista, Redo, cuando después de llegar a la Prusia del XIX, tras un largo viaje, descubre bajo tierra a un Varón, prusiano, soldado húsar y congelado. Solo con este arranque de la novela ya nos sumergimos en una narración profundamente ficticia. Esta afirmación puede sonar redundante, pero es el asunto que nos trae aquí. Aunque por el título y ese inicio pueda parecer una novela histórica, en cuanto nos sumergimos en ella descubrimos que si utiliza ciertos elementos reales de un pasado histórico, es solo con la intención de crear un interesante marco que le posibilite fabular.

Posteriormente vinieron más lecturas y, después de muchas de ellas, siempre terminábamos con la sensación de que eran demasiado “reales” y no aportaban esa otra mirada que se espera de las obras literarias. Esto se unió a este par de anécdotas que vamos contar y que nos ayudaron a encajar todas las piezas.

La primera es una afirmación de una persona que asistió a una de nuestras tertulias literarias: “Yo solo leo este tipo de novelas, de ciencia ficción, porque las demás no me aportan nada nuevo”. Después de darle vueltas al asunto, entendimos que lo que en realidad estaba diciendo era que el resto de novelas no incluían un grado de ficción suficiente para tunear los temas mundanos, es decir reales —esta conversación ya tiene un tiempo y también la ciencia ficción ha cambiado mucho; ahí está, si no, Ted Chiang para demostrarlo—. Falta de novedad era lo que reclamaba esta lectora para las novelas.

Y la segunda es la defensa que una alumna de uno de nuestros talleres de escritura hizo cuando le afeamos la falta de verosimilitud en un texto suyo: “Pero… si ocurrió así”. Claro, sin embargo no se daba cuenta de que el formato en el que estaba intentando meter esa anécdota era un relato, por tanto tenía que regirse por sus normas, que son distintas de las de la realidad; es decir, debía procurar un tratamiento estilístico de lo real.

Con este tema en la cabeza, nos pusimos a indagar y descubrimos La huida de la imaginación. Un interesante y atrevido ensayo de Vicente Luis Mora que pone en el punto de mira a esa literatura que valora el hecho real por encima de la imaginación y que domina el actual panorama literario. La última vez que leímos algo tan directo y con tanta intención era del filólogo y profesor Víctor Moreno en su libro Preferiría no leer. Nos imaginamos a Mora como un Quijote luchando contra unos molinos que, en lugar de gigantes, son novelas que preconizan la autoexhibición. Ahora queda por ver si el ensayo es producto de un loco atrevido o de un cuerdo romántico, pero lo que está claro es que aporta mucha documentación, buenos argumentos y coherencia para mostrar su punto de vista de forma diáfana.

Biografías noveladas, autobiografías presentadas como novelas que rompen el pacto con el lector están a la orden del día, lo que nos lleva a preguntarnos si realmente interesan tanto las vidas y los problemas de familia o de salud de determinados autores y cómo los gestionan. Y la prueba más evidente es el tema de la pandemia ¿Os habéis dado cuenta el juego que ha dado? En la feria del libro de Fráncfort del año pasado pudimos comprobar que autoras como Margaret Atwood y Jodi Picoult aportaron su granito de arena con sendas obras; Atwood, con la obra colectiva: Fourteen days: an unauthorised gathering y Picoultcon el libro con el que intentó dar un sentido al horrible año 2020: Wish you were here. Esta autora afirmó que «los artistas deben hallar un sentido a las cosas que no entendemos, y una pandemia mundial es una de ellas». De acuerdo, pero ¿qué hacemos con una de las primeras reglas de la escritura según la cual para contar algo que te ha marcado hay que poner distancia de por medio y que pase el tiempo, porque en caliente es difícil trascender la imagen propia?

Volver a la fabulación

Analicemos ahora qué significa escribir ficción, fabular. La primera acepción del DRAE es: Imaginar cosas fabulosas como si fueran reales. La segunda: Inventar o imaginar tramas o argumentos. En cualquier caso, utilizar la imaginación.

Antes del Romanticismo, y mirado desde una perspectiva clásica, lo de fabular no estaba muy bien visto porque el resultado ofrecía dramas repletos de situaciones inverosímiles o incluso absurdas que servían para hacer olvidar al público sus miserias. Entonces no se concebía una obra con el único fin de divertir al público sin más ni más, tenía que poseer una “enseñanza o moralina”. Sin embargo, con la llegada del siglo XIX la situación cambia ya que surge la novela realista, cuyo objetivo es —en palabras de Sthendal— ser un espejo que se pasee delante de un camino, es decir mostrar la realidad histórico-social del momento. Esto no significaba que no hubiera invención sino que la realidad se transformaba en ficción.

Una de las funciones más importantes de la Literatura es la poética o estética. El autor utiliza medios expresivos para lograr una belleza y un estilo propio en la escritura. Con esto lo que consigue es ofrecer una nueva visión de la realidad. El mecanismo, más o menos, es el siguiente: las palabras nos remiten a una realidad extralingüística que el hábil autor va convirtiendo en imágenes evocadoras → estas consiguen que ese referente ordinario quede atrás → el resultado es dar vida a un nuevo referente metafórico, por tanto literario y por tanto de significado único. Esta y no otra es la forma de convertir en literario un texto.

Si no se utiliza la imaginación…

Podemos caer en una serie de errores que jugarán en contra de nuestra propia obra; dos de los más graves son estos:

—Crear personajes estereotipados. Se parecen demasiado a los seres reales que se mueven en el entorno narrativo del autor y por tanto del lector. El estereotipo es la imagen que tenemos de un determinado personaje en un ámbito concreto y con una serie de características que forman el tópico. Esto que, en un principio, facilita el trabajo del autor —no se tiene que molestar mucho en desarrollar un perfil psicológico— daña cualquier texto de ficción. Para dar vida a un nuevo ser, hay que crear personajes arquetípicos, es decir que actúen como cualquier persona “real” pero que se distingan por romper el cliché o el modelo, darles cierta singularidad que les haga diferentes, peculiares. De esta forma, el lector se sentirá sorprendido y si lo hacemos muy bien, fascinado.

Esquematismo estilístico. Se tiende hacia un esquematismo narrativo que recuerda mucho al del periodismo. El autor tiene esto en la cabeza: como el lector sabe que lo que le están contando es verdad, solo necesita que el texto le verifique el núcleo argumental. Echando mano de un símil, el autor con su obra sería como una especie de amplificador que emite una noticia que ha corrido de boca en boca y ha ido agrandándose debido a todas las variaciones que los distintos fabuladores y espontáneos de lo oral han ejercido en su difusión del sucedido. Y se pone manos a la obra, sin darse cuenta de que si la misma noticia tuviera además un tratamiento literario, lo podría aprovechar para responder en el relato a todas las posibles cuestiones que la imaginación lectora pudiera buscar.

Con una adecuada estructura interna, la intervención de la ficción y la memoria interpretativa del autor, que pondría en perspectiva el tema, se lograría que los hechos llegaran al lector tamizados. Mediante la observación atenta, la indagación e interpretación se conseguiría una progresión dramática de los hechos que resultaría eficaz para satisfacer a un lector ansioso de rellenar los huecos que la noticia en sí misma no aporta. Habría que dilatar la relación de detalles generando una escena tras otra, en orden sucesivo, con el fin de ir acumulando los datos; la descripción y el diálogo serían básicos en la composición de escenas; la creación de atmósferas aportaría suspense, misterio, al relato y la descripción de los personajes iría en función de la progresión dramática de la historia.

Un ejemplo de obra literaria basada en un hecho real es Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez mezcló crónica periodística con algunos de los elementos de la novela policial y del realismo mágico. Utilizó un narrador mezcla de periodista y testigo de los hechos, con lo que consiguió aportar dos tipos de datos: los extraídos de los informes y entrevistas a los involucrados y los de su propia cosecha y que pudo testimoniar —rompe así con los límites realidad/ficción, crónica/testimonio—. Trascendió lo real hablando de responsabilidad colectiva, de sociedades que prejuzgan y de la cultura del honor y la venganza, y lo que consiguió es restablecer unos cuantos valores sociales. El resultado lo hemos disfrutado todos los lectores: una gran novela donde los hechos reales fueron convertidos en ficción, con tal poder, que suplantaron a la realidad.

Otros errores, que no vamos a desarrollar porque nos extenderíamos en exceso, podrían ser el decaimiento narrativo, la falta de ambición literaria y carencia de interés lingüístico y estilístico…

 

La falta de ficción tiene arreglo

Es curioso cómo hacia 2010, ante la incipiente aparición de una literatura basada en hechos reales, comenzaron a surgir en la prensa abundantes artículos de opinión criticando la imaginación en las obras y dando preferencia a aquellas que reflejaran la experiencia directa. Es cierto que actualmente las librerías están llenas de libros que tratan temas como el maltrato a la mujer, las pandemias, el abuso cometido con menores, la diversidad sexual, las enfermedades terminales…; son obras realistas que muestran a las claras quiénes son los malos y quiénes los buenos, y que reflejan nuestra sociedad como en un espejo. Bajo la estructura narrativa de presentación, nudo y desenlace, muestran el estado de cosas de nuestra moral colectiva. Este punto de vista de este tipo de narrativa pone el acento en el aspecto humano de lo vivido, y esto es quizá lo que atrae a los lectores.

Hoy en día, diez años más tarde, aquí estamos nosotros rescatando a la imaginación. La ley del péndulo aparece una vez más. Lo que les falta a bastantes de las obras anteriormente citadas es el tratamiento literario, que es el que aporta el valor de arte. Este fomenta las reacciones emocionales en las personas que disfrutan de él, a la vez que favorece el desarrollo de la imaginación y por tanto la capacidad de reflexión, de comunicación y la creatividad.

En resumen, si queremos que una obra de ficción obtenga su valor artístico hay que universalizar o, dicho de otro modo, impersonalizar un sentimiento o una emoción que fueron primero propiedad del autor. Esos datos testimoniales o históricos quedarían así liberados para dar el aspecto de un producto nuevo, con rigor cultural y artístico. Ya sabemos que no es tan fácil hacer esto, entre otras cosas porque hay que lidiar con la verosimilitud y esta, amigos, exige un plus al escritor.

Por si todavía hubiera alguna duda, rematamos este tema con las palabras de Vicente Luis Mora quien aporta la solución definitiva al problema: “La falta de invención puede y debe compensarse con una acerada tensión estilística y con una visión de la realidad afilada y más dirigida al entendimiento de la situación social que a una desmayada exposición de las aburridas circunstancias personales”.