miércoles, 17 de agosto, 2022 1:48 am

Evita

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Por Alejandro Horowicz / jacobinlat.com

El artículo que sigue es un fragmento del libro de Alejandro Horowicz Los cuatro peronismos (Edhasa, 1985). 

Eva Perón ocupa un espacio único en la historia política argentina.

Hipólito Yrigoyen no tuvo mujer, o la tuvo en el sentido más doméstico del término. Y la lista de jefes populares —al menos por la composición social de sus seguidores— sólo tiene dos integrantes: Yrigoyen, Perón.

Olvidemos entonces a los jefes populares: confeccionemos la lista tan amplia, tan desprejuiciadamente como se quiera, con famosos de toda especie y cualquier origen. Aun así Evita sigue siendo única. Esta unicidad —esta soledad, si se quiere— constituye su rasgo saliente. Sola también (la única mujer) integra la galería de los mitos políticos del siglo XX, internacionalmente socializados por América Latina.

La historia personal de Evita, que alguna importancia tiene, remite a la soledad rabiosa, a la marginalidad, a la impotencia y al miedo.

Hija irreconocida de un matrimonio indocumentado, niña sometida al murmullo moralizante de un pueblo de provincia, adolescente sin destino, partiquina, actriz sin cartel, personaje radial, amante del coronel, esposa del general, compañera del presidente, abanderada de los humildes y bandera de combate constituyen los peldaños de una carrera poco habitual y muy deseada.

A escala gigantesca, la historia de la Cenicienta rubia pareciera repetirse, y pocos ignoran que cuando cambia la escala, cambia la historia misma. Evita es una versión fantasmal de la Cenicienta: ella también es hija de un padre que no defiende y, en su omisión, ataca, que muere sin reconocerla (aunque reconoce a todas sus hermanas), convirtiéndola en la hermanastra-de-hermanas-ilegítimas, esto es, en la integrante más débil de todo el grupo familiar, la que suma al conflicto con el padre la hostilidad de la madre (porque Eva —en la fantasía materna— es la causa de las malas o difíciles relaciones con el padre).

Entonces, abandonada por todos, tiene dos caminos: la locura o el combate.

Esta elección define un horizonte personal al tiempo que la constituye en horizonte social. Ya no se trata del combate por llegar, sino de la garantía que tienen los que luchan —si luchan adecuadamente— de arribar a la meta. Es posible pelear puesto que se puede llegar y se puede, en estos términos, vencer; llegar y vencer se asemejan demasiado; al menos, no están claramente discriminados.

Llegar; vencer; ser reconocida en el arribo-victoria por el odio de los que no pudieron evitarlo y por el amor de los que llegaron con su llegada. Esto reconstruye sintéticamente su vida.

Evita es una táctica y un recorrido: es la táctica de doblarse tantas veces como sea preciso, odiando cada vez que le toca hacerlo; es el recorrido de organizarse primariamente, sabiendo que la organización y la lucha importan, pero más —mucho más— importa el coronel-padre que finalmente se aviene a reconocer —a reconocerla— y, al hacerlo, se constituye en un elemento indispensable, decisivo, de su autorreconocimiento. El coronel la fija, se vuelve referencia obligada, indispensable, de su propia identidad. Su relación con todos los otros está mediada por él: él es el eslabón central de una relación radial, y casarse con la mediación es como casarse con el padre (Perón tenía 49 años, Evita 24): es decir, incestuoso y conveniente, deseado y terrible.

Evita es la determinación de ocupar un lugar inexistente que se crea con la misma ocupación; un lugar que el otro-burgués niega y a quien Evita, sin desplazarlo, sin liquidar su poder, sin vincularse a él directamente sino a través de Perón, intenta convencer. Convencerlo tiene, para ella, un término preciso: imponer su presencia.

Ésa y no otra fue su tarea a lo largo del primer gobierno peronista.

«Yo te odio por todo lo que hiciste —bien podría decir Evita— pero si me aceptás, si me reconocés, entonces no te odio más porque me resulta posible quererme tal cual soy y al quererme así también te quiero a vos; tu rechazo me nutre, alimenta mi lucha, mi odio, porque me deja sin lugar».

Dicho con el máximo rigor: ocupa un sitio que sólo se abandona revolucionariamente, en compañía de la clase obrera. Por eso la victoria de Evita no se constituye en derrota-del-otro-burgués sino en forma simbólica: es, en realidad, la victoria-del-otro-derrotado. Evita es la pedagogía del oprimido desde la perspectiva del opresor, puesto que no supera su horizonte: a la oligarquía se la vence electoralmente y los problemas de la sociedad argentina se resuelven con generosidad, con la Fundación Eva Perón.

La mirada con que Evita se mira, con que mira al oprimido que en ella se oculta, no es autónoma: está teñida de una secreta y confesada admiración por el opresor. Si la beneficencia es un postulado cristiano sin verificación social, Evita construye esta verificación con una práctica de corte militante. Si la belleza femenina es un patrón de verdad, ella es bella. Si el cuerpo de una burguesa sirve para lucir los objetos en que se reconoce como burguesa (joyas, pieles, tocados), también instrumenta su cuerpo. Evita es, en suma, la versión que las clases dominantes imponen como modelo y que paradigmáticamente rechazan cuando se la enfrentan como producto. Es curioso: Evita respeta una a una las reglas formales, pero su presencia viola toda regla. El motivo es simple: una modelo ataviada con los atributos de la burguesía no es una burguesa sino una representación que la burguesía constituye de sí misma. Pero ninguna clase social confunde una imagen de sí con los integrantes de la clase viva. 

Dicho epigramáticamente: es la síntesis personal del primer peronismo. Todo lo plebeyo y jacobino del peronismo, todo lo popular y movilizador que su regimentación admitía, fue insuflado por la figura de Evita. 

Publicado originalmente en https://jacobinlat.com/